
El arzobispo de Buenos Aires, Jorge García Cuerva, llamó este jueves a dejar atrás “el individualismo” y la “mezquindad política”, frente al presidente Javier Milei, en el marco del Tedeum por el Día de la Independencia.
“Escuchar es la actitud básica del que quiere pensar con amplitud y apertura”, resaltó el prelado en la Catedral Metropolitana.
García Cuerva sostuvo que “Argentina necesita de todos, porque nadie es descartable” y pidió “respetar a los demás”, reconocer sus valores y “compadecerse de sus angustias”.
El arzobispo brindó su homilía por el 9 de Julio ante Milei, el jefe de Gobierno porteño, Jorge Macri; el jefe de Gabinete, Diego Santilli; la secretaria general de la Presidencia, Karina Milei; la jefa del bloque de senadores de La Libertad Avanza (LLA), Patricia Bullrich; el asesor Santiago Caputo; y el canciller, Pablo Quirno, entre otros.
García Cuerva, ante la escena política, convocó a escuchar “los llantos, los lamentos y los gritos que claman pidiendo ayuda”, y solicitó “salir de nuestra coraza y caminar con los demás”.
La homilía completa de García Cuerva en el Tedeum del 9 de Julio
«Y entonces, un doctor de la ley se levantó y le preguntó a Jesús para ponerlo a prueba: «Maestro, ¿qué tengo que hacer para heredar la Vida Eterna?» Jesús le preguntó a su vez: «¿Qué está escrito en la ley? ¿Qué lees en ella?» Él le respondió: «Amarás al Señor, tu Dios, con todo tu corazón, con toda tu alma, con todas tus fuerzas y con todo tu espíritu, y a tu prójimo como a ti mismo». «Has respondido exactamente, le dijo Jesús; obra así y alcanzarás la vida». Pero el doctor de la Ley, para justificar su intervención, le hizo esta pregunta: «¿Y quién es mi prójimo?». Jesús volvió a tomar la palabra y le respondió: «Un hombre bajaba de Jerusalén a Jericó y cayó en manos de unos ladrones, que lo despojaron de todo, lo hirieron y se fueron, dejándolo medio muerto. Casualmente bajaba por el mismo camino un sacerdote: lo vio y siguió de largo. También pasó por allí un levita: lo vio y siguió su camino. Pero un samaritano que viajaba por allí, al pasar junto a él, lo vio y se conmovió. Entonces se acercó y vendó sus heridas, cubriéndolas con aceite y vino; después lo puso sobre su propia montura, lo condujo a un albergue y se encargó de cuidarlo. Al día siguiente sacó dos denarios y se los dio al dueño del albergue, diciéndole: «Cuidalo, y lo que gastes de más, te lo pagaré al volver» ¿Cuál de los tres te parece que se portó como prójimo del hombre asaltado por los ladrones?» «El que tuvo compasión de él», le respondió el doctor. Y Jesús le dijo: «Ve, y procede tú de la misma manera». Lucas 10, 25-37
Una vez más, el mensaje que compartiré quiere ser un aporte, a la luz de la Palabra de Dios, para la reflexión de todos los actores de la sociedad argentina, convencido que entre todos construimos la Patria, más allá de saber que, luego, puedan ser tomadas frases aisladas para querer alimentar la fragmentación.
La parábola del Buen Samaritano es un icono capaz de poner de manifiesto la opción de fondo que debemos tomar para reconstruir esta Patria que amamos y nos duele a la vez. Ante el dolor, ante tantas heridas, la única salida es ser como el Buen Samaritano. Toda otra opción termina o bien del lado de los salteadores, o bien del lado de los que pasan de largo, sin compadecerse del dolor del herido del camino.
Justamente la lectura comienza hablando de un camino, un camino peligroso. El camino entre Jerusalén y Jericó era una vía de paso para caravanas comerciales y peregrinos. Dado el terreno desolado, quienes transitaban por ese camino eran presa fácil para los bandidos, quienes encontraban numerosos escondites y rutas de escape hacia el desierto, donde nadie los perseguiría. Cuando Jesús dijo que «un hombre bajaba de Jerusalén a Jericó», sus oyentes seguramente reconocieron los peligros que entrañaba este viaje. Por eso se lo conocía desde la antigüedad como «el camino sangriento».
A veces como sociedad argentina también recorremos caminos peligrosos, no por cuestiones geográficas, sino porque no nos llevan a ningún buen lugar, o nos meten en laberintos sin salida. El camino de la intolerancia, el de los enfrentamientos constantes, el de la descalificación del otro por pensar o ser distinto, el camino de la crueldad hacia los más débiles, el sendero de la discriminación por cuestiones de raza, religión o domicilio. Caminos en los que algunos aprovechan para dividirnos, para enfrentarnos, robándonos las esperanzas de salir juntos adelante, escondidos, en todas las épocas, en cuevas de corrupción, haciendo que los pobres sean cada vez más pobres, y ellos, escandalosamente, cada vez más ricos. Y esto no es cuestión de ser de tal o cual partido político o gobierno de turno; es cuestión de ser o no, honesto y trasparente. Ser y parecer, ahora y siempre.
Los asaltantes también han recorrido los caminos de nuestra historia, robando sueños a los jóvenes, robando posibilidades de progreso a las familias trabajadoras, sustrayendo dignidad a los más frágiles, apropiándose de las esperanzas y los esfuerzos de un pueblo que, a pesar de todo, quiere vivir mejor, y por eso está ajeno a las discusiones eternas y alejadas de la realidad, que, en su nombre, tienen los dirigentes. Por eso el Papa León XIV decía el sábado pasado, respecto a este evangelio: Antes que cualquier otra consideración intelectual o convicción ideológica, el impacto con quien yace delante de nosotros, despojado de todo, llama a la proximidad.
Es por ello que todos los días enfrentamos la opción de ser buenos samaritanos o indiferentes viajantes que pasan de largo. La parábola nos lo relata: el amor está siempre en la libertad y la libertad está en las decisiones. Hay también quien elige no hacerse prójimo y quien decide no decidir.
El hombre asaltado y despojado de todo queda al borde del camino. Un levita y un sacerdote lo ven y siguen su camino. Ya sea por estar apurados, por miedo, o por egoísmo, pero pasan de largo. En este 9 de julio, pidamos juntos a Dios que nos independice de la indiferencia y la insensibilidad frente a los que sufren. Los heridos del camino de la vida, los enfermos, los jubilados, los adolescentes y jóvenes víctimas del negocio de los narcotraficantes, los desocupados, las personas con discapacidad; hoy queremos hacer presentes en este Tedeum sus vidas, sus rostros, sus historias concretas; no cifras, o diagnósticos, sino sus nombres, y sin pedirles «antecedentes de pobre», como preguntándoles desde cuándo están viviendo esa difícil situación. Ya todos sabemos, con sinceridad, que esta realidad no es nueva y duele hace años.
El samaritano vio al hombre herido, y se conmovió. Detenerse, conmoverse, abajarse, llorar ante el dolor de otros. Quien se deja llevar por esta dinámica de compasión y de misericordia, comienza a vivir de un modo diverso, a ser ciudadano de un modo diverso, a trabajar de un modo diverso. Se dará una relación entre personas, con sus cuerpos y su interioridad, con sus historias y sus sueños; y como dice el Papa León XIV, aún en tiempos de inteligencia artificial, un algoritmo nunca podrá sustituir un gesto de cercanía o una palabra de consuelo.
Y siguiendo el relato del evangelio, el samaritano tiene conciencia que el amor y la ayuda se organizan, que no puede solo, que tiene que trabajar con otros; por eso recurre al dueño de un hospedaje para socorrer entre los dos al hombre herido. En este 9 de julio, día de nuestra independencia, pidamos también a Dios nos independice del individualismo, de la competencia feroz por el protagonismo, del internismo y la mezquindad política de querer llevarnos los aplausos cuando hacemos algo por los demás.
Y luego el samaritano dice «cuídalo y lo que gastes de más, te lo pagaré al volver». Lo que gastes de más no siempre es sinónimo de derroche, o de despilfarro; a veces es invertir en los más débiles como el caso de la lectura de hoy, porque se necesitaba mucho cuidado para sanarlo. También hay ejemplos actuales como cuando vemos que algunos centros de discapacidad tienen muchos trabajadores en proporción a las personas que atienden, y a priori se puede pensar que es un despropósito; pero luego, conociendo bien la dinámica de la institución, descubrimos que es una inversión que profesionales y asistentes entregados y comprometidos, acompañen y estimulen a cada uno de los beneficiarios, por caridad, pero también por justicia. Justamente en la encíclica Magnifica Humanitas, el Papa León XIV dice que la justicia social se reconoce por la capacidad de un orden social, económico y político que permita a todos, y en particular a los más frágiles, vivir de manera realmente humana, sin que ninguno se quede atrás.
Demos gracias a Dios por tantos ciudadanos que han decidido vivir la cultura de la proximidad y la acogida; por tantos argentinos que día a día se ponen la Patria al hombro y desde temprano ponen lo mejor de sí para salir adelante haciendo enormes esfuerzos, muchas veces anónimos. Demos gracias por los que siguen apostando por la fraternidad, conmoviéndose con los que sufren, comprometidos con pequeños grandes gestos de solidaridad y amor al prójimo, a pesar de las críticas y los comentarios crueles que profundizan heridas, sin resolver nada.
Hermanos, la Patria nos pide hoy un gran examen de conciencia colectivo. No miremos al costado buscando culpables eternos. Preguntémonos todos los argentinos: ¿Estoy acting como los que pasan de largo o estoy dispuesto a ser la posada que reciba y sane a los heridos? Las heridas sociales necesitan la templanza del diálogo, la justicia social y la honestidad innegociable.
Desde anoche en distintos puntos del país se canta el Himno Nacional. Su letra empieza con una invitación a escuchar.: Oid. ¡Qué importante este comienzo! En la tradición judeocristiana esta invitación tiene una hondura impresionante. «¡Escucha Israel!» (Shemá Israel) es la invitación que resuena en el libro del Deuteronomio en el Antiguo Testamento.
La actitud religiosa de escuchar tiene como trasfondo una capacidad humana elemental. Porque escuchar es la actitud básica del que quiere pensar con amplitud y apertura, del que sabe ampliar sus límites estrechos, del que se abre a la realidad para dejar interpelar sus propios esquemas mentales. Aprendemos a hablar escuchando, y escuchando recibimos enseñanzas que necesitamos para sobrevivir y para progresar. Escuchando a los demás aprendemos a respetarlos y a tratarlos como ellos necesitan que los tratemos, reconocemos sus valores y nos compadecemos de sus angustias. Escuchando, atentos a la realidad que corre más allá de nuestro pequeño mundo, también podemos reconocer los llantos, los lamentos, los gritos que claman pidiendo ayuda. Entonces volvemos a tomar la decisión de salir de nuestra coraza para caminar con los demás.
Fuente: Agencia NA




