Opinión

Reinventarnos para no volver a la normalidad

El afuera de quienes no tienen a dónde ir, con la desesperación de quienes no podrán comprar comida. Por otro lado, se te anuda una angustia en la garganta, de cara a la precariedad de las vidas que nos hemos dado.

Cuarentena obligatoria. Llegó, así intempestiva. Sin permisos, nos dejó los corazones a la intemperie y los cuerpos en el encierro. El adentro en las casas, que nos pone de cara a un pulso que desconocemos. El afuera de quienes bajo el sol patean la calle para comer, para sostener una industria, y le ponen rostros al cuidado en la excepción. El afuera de quienes no tienen a dónde ir. La prohibición nos obliga a mirarnos, a enfrentarnos a lo no conocido.

¿Quiénes somos? Las palabras aún se nos escapan entre las preguntas. ¿Cómo nombrás el miedo? La incertidumbre pasa en el cuerpo, se te anuda una angustia en la garganta, de cara a la precariedad de las vidas que nos hemos dado. Miramos la tele, escuchamos la radio, vemos Instagram, compartimos info en Facebook, hablamos por los miles de grupos de WhatsApp. Después el silencio, la incredulidad.

El miedo a perdernos para adentro, a que el abrazo quede en cuarentena, a que el horizonte comunitario y colectivo quede tan lejos. Y las preguntas que se amontonan.

¿A dónde vamos? ¿Qué nos trajo hasta acá? ¿Cuándo volveremos a ver a nuestras madres, padres, abuelxs, hermanxs? ¿Qué es el cuidado? ¿Qué es la globalización? ¿Dónde, cuándo, cómo la libertad? ¿Puede una revolución nacer de la distopía? Escribimos a minutos de escuchar una medida que, como ninguna otra, nos cambia la vida a todxs y cada unx de nosotrxs.

Hay momentos así en las vidas personales: momentos donde la salud nos pone frente a frente con los afectos, con lo importante, donde el espejo nos revela nuestra propia fragilidad humana. Pero ahora, ese momento, profundo, existencial, se vuelve colectivo y las imágenes se confunden con los poderes que acechan mientras se reafirma la certeza de que llevamos décadas, siglos, siendo arrastradxs en un rumbo equivocado.

Entre los privilegios y las desigualdades. La vida que insiste entre las mezquindades y las formas del odio que dibujan recorridos en las ciudades entre barbijos, guantes y lavandina. A codazos egoístas, se hace camino la memoria de lo poco gentiles que muches han sido siempre. Entre los privilegios y las desigualdades, transformar-nos. Comprendemos que la cuarentena -también- es un privilegio de clase y, hoy, se nos hace aún más difícil evadirnos de esa realidad.

La desigualdad nos golpea en la cara y el encierro nos da el tiempo de pensarnos, complejizarnos, cuestionar los modos que hemos sabido construir a fuerza de acción u omisión. Un ejercicio individual, pero profundamente conectado al ser social, que cotidiana y estratégicamente nos roba la vorágine capitalista.

Intentamos decir algo con la historia en el presente. Con el triunfo de la realidad sobre la ficción. Con el dolor de todxs lxs que no tienen dónde encerrarse, con la desesperación de quienes no podrán comprar comida, con la claridad de que habitamos un capitalismo donde el dinero y la injusticia definen la vida.

Bienvenida la ruptura de la cotidianidad si es para detener la subjetividad capitalista que rompe el ecosistema, ese que nos protegía hasta que lo violentamos tanto que quedamos otra vez, como humanidad, en la incertidumbre. Habitamos la incertidumbre, algo nuevo para una parte de nuestra generación de este lado del mundo, que no vivió guerras, bombas atómicas ni dictaduras. Incertidumbre que es moneda corriente para tantxs.

Escribimos sorprendidxs de nuestra propia resignación y aceptación ante un encierro universal que nos salve de la muerte. ¿Qué pasa ahora con la represión? ¿Qué hacemos en manos de policías y gendarmes? ¿Pueden las calles ser reemplazadas por las pantallas? ¿Cómo hacer memoria colectiva desde nuestros balcones? Las calles vaciadas, la reclusión y el patrullaje nos trae las memorias más oscuras de la historia, y es difícil comprenderlo como una estrategia de preservación. Pasarlo al cuerpo.

Es irónico que, cuando más conciencia tomamos -a fuerza de pandemia- de que somos en esencia colectivo, de que indefectiblemente debemos pensarnos en y con otrxs, debamos aislarnos. ¿Será que podremos convertir esta situación en un despertar hacia lo comunitario en vez de deformarlo en una paranoia que nos segregue aún más?

Las redes colapsan. Nos miramos y nos mostramos en pantallas en una necesidad irrefrenable de comunicación, que no es tanto aburrimiento como búsqueda de contacto. En la era de la imagen y la virtualidad, comprobamos hoy que tocarnos, sentirnos presentes, compartir la vida es lo que nos devuelve la humanidad.

Nos aislamos porque es lo que impide el contagio masivo, pero insistimos en el contacto con le otre. Estiramos la mano para ofrecer una canción, una palabra de aliento, un hilo que una y se teja en el entramado que estamos improvisando. En el encierro, paramos, nos abrimos, nos buscamos. En el encierro, reinventamos las formas, corremos la voz. En el encierro, creamos nuevos modos de establecer comunidad.

¿Cómo recuperar los lazos de comunalidad ante un escenario donde se nos escapan los deseos y los encuentros? Mirar, cuidar, llamar a une amigue, inventar formas para estar cerca de la familia, crear rituales para combatir el pánico, amar a quienes están en soledad, a quienes duelen las ausencias. Amar, recordarnos los besos y los abrazos para reinventar algo mejor, chiquito, cercano, para abrigar los corazones en tanta intemperie.

TIEMPO DE NUEVAS UTOPÍAS

Ante una puesta en jaque de lo establecido, una ruptura al sistema mundo que han llamado la normalidad, no olvidamos las resistencias que, día a día, hemos sostenido y el ambiente que miles de personas construyen hace tiempo, los feminismos que apuestan al cuidado y al encuentro y repiten que lo personal es político, la sabiduría de los pueblos originarios con sus rutinas aferradas a la tierra y al buen vivir, lxs campesinxs que enfrían el planeta mientras garantizan nuestros alimentos, la persistencia de todos los movimientos sociales locales y mundiales que denuncian al poder mientras demuestran que otro mundo es posible.

Nos aferramos a estas luchas como a certezas que marquen un nuevo rumbo, para que el final de este virus sea una celebración llena de flores violetas y revoluciones. “No volvemos a la normalidad porque la normalidad era el problema”, gritó el pueblo chileno cuando salió a la calle para luchar unido contra un sistema asfixiante. Sabemos que la revolución no es cosa de pantallas o cautiverios, pero tal vez sepamos aprender que la única salida es colectiva. Tal vez sepamos gestar en este tiempo un nuevo latido social que tuerza la indiferencia, esa que tan cómoda le queda a los opresores. Mirar el mundo, mirarnos. No volver a la normalidad. Es tiempo de nuevas utopías hoy que la ciencia ficción se hizo realidad. (Redacción e imágenes: La Tinta).

Etiquetas

Cooperativa La Prensa

Cooperativa de Trabajo y Consumo Ltda La Prensa

Publicaciones relacionadas

Cerrar